Declaración consejo editorial de Trasversales
27 DE SEPTIEMBRE, HUELGA SOCIAL MUNDIAL POR EL CLIMA

Trasversales

Entender la realidad de la crisis climática, tremendamente agudizada en el curso de los últimos cincuenta años, es sencillo. Incluso la explicación física está al alcance de todos: nuestro planeta es un sistema termodinámico cerrado que únicamente intercambia energía con el espacio exterior, pero lo hace con unas reglas que han permitido el desarrollo de la vida humana. El crecimiento exponencial de emisión de gases a la atmósfera desde el comienzo de la revolución industrial, propiciado por el empleo de combustibles fósiles con una elevada tasa de retorno energético, ha alterado esas reglas del juego de modo que, al impedir éstos la disipación de energía al espacio exterior, el equilibrio térmico se resiente.

En la vida real todos los procesos termodinámicos son irreversibles de modo que no es razonable pensar que la biosfera pueda recuperar las características físicas de la época preindustrial. No vamos a detenernos en la multitud de datos científicos que describen y evalúan el alcance de la crisis climática, pero para hacerse una idea más precisa basta con leer el informe de miles de científicos de todas partes del planeta (“World Scientist’ Warning of a Climate Change”) publicado en enero de este año en Bioscience Magazine.

Desde hace medio siglo las organizaciones ecologistas han venido advirtiendo, sin mucho éxito, de los efectos devastadores del sistema capitalista sobre el medioambiente. En el terreno institucional, el informe elaborado por Gro Harlem Brundtland en 1987, como presidenta de la Comisión de Medioambiente de Naciones Unidas, daría paso a la organización de la cumbre de Río de Janeiro en 1992 a partir de la cual se han celebrado hasta la fecha 24 reuniones de la COP (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático). Sobre su eficacia baste con señalar que, tras 20 cumbres, el principal objetivo de la 21, celebrada en París en 2015, consistía en arrancar un compromiso fiable por parte de los países más contaminantes de la Tierra (China y EEUU) para la limitación de emisiones, así como lograr unos mínimos acuerdos prácticos por parte de los Estados firmantes. La adhesión de Obama dio ciertas esperanzas, pero como era de esperar Trump no tardó en desvincularse del mismo en 2017. Si en la cumbre de Río Bush padre afirmó que el modo de vida de los norteamericanos era intocable, el “América primero” de Trump da idea de la vigencia del discurso negacionista avalado por las grandes corporaciones energéticas veinticinco años después.Huelga social por el clima

El sistema capitalista dominante, fundado en el crecimiento económico ilimitado, con la asistencia de las religiones teocráticas (“creced y multiplicaos”), operando sin medida sobre un planeta finito ha conducido a la humanidad, en un plazo histórico temporalmente irrelevante, a una crisis civilizatoria sin precedentes. El colapso se avista en el horizonte y son numerosos los estudios desde diferentes áreas de la ciencia y el pensamiento que tratan de describir los futuros escenarios, distópicos –negativos- en su mayor parte, en los que podría subsistir la especie humana.

Los citados Acuerdos de París de 2015 dieron reconocimiento global institucional al cambio climático, pero con compromisos insuficientes y en gran medida incumplidos. En los últimos años la opción negacionista ha obtenido gran poder político y, liderada por personajes como Trump, Bolsonaro o Putin, junto a sectores del gran capital extractivistas o basados en la depredación del planeta y de sus recursos, es la viva expresión del colapso civilizatorio. Por otro lado, aumentan las voces que proponen algún tipo de Green New Deal, un Nuevo Pacto Verde -término usado en 2008 por The Green New Deal Group y desde 2009 por el Partido Verde Europeo- que aborde medidas contra el cambio climático aunque sin cuestionar la esencia del sistema capitalista. La nueva presidenta de la Comisión Europea acaba de sumarse a esa fórmula, que puede cobijar diversos contenidos, y algunos poderosos sectores económicos hablan de la lucha contra el cambio climático aunque con contradicciones entre dichos y hechos.

Del bloque negacionista, cuando las reservas de combustibles fósiles y minerales básicos para el actual modo de producción en la industria, la agricultura y ganadería intensivas toquen a su fin, sólo podremos esperar gobiernos autoritarios, “ecofascistas”, que por supervivencia tendrán que aceptar la realidad científica, pero actuarán brutalmente contra las regiones más desfavorecidas o más débiles y laminarán por la fuerza los derechos democráticos de sus ciudadanos para mantener el modo de vida de la clase dominante.

De los defensores del “desarrollo sostenible”, convencidos de que la tecnología, el desarrollo de las energías renovables y el tratamiento de residuos serán la solución para frenar el cambio climático, podremos esperar – al menos- el avance en la conciencia individual de los ciudadanos del Norte de que nuestro modo de vida es insostenible.

Sin embargo, mientras el consumo energético se base en la combustión de los recursos fósiles (carbón, petróleo y gas) no será posible reducir la subida de la temperatura y los efectos destructivos del cambio climático. Hay que tener en cuenta que las energías renovables no son capaces de proporcionar la energía que se consume actualmente. Es el sistema capitalista de acumulación indefinida y de consumo sin límites el que plantea la necesidad de una transición hacia otro tipo de sociedad.

Cabe preguntarse por qué la cuestión de la ecología, la defensa de la casa común con independencia de quién mande en ella, ha sido tradicionalmente marginada de los ejes del conflicto con el sistema capitalista por parte de las organizaciones de la izquierda tradicional y la socialdemocracia, especialmente en las regiones del Norte. En el caso de los partidos de gobierno porque la promulgación de leyes o el impulso de políticas activas sostenibles implican un enfrentamiento directo con sectores del gran capital y de algún modo cuestionan también el modo de vida de amplias capas de la población que forman parte de su base electoral. El tiempo de la política en la actualidad no entiende del tiempo histórico. Mientras, otra parte de la izquierda continúa anclada en la idea de que con una sociedad no capitalista se resolverían de un plumazo todos los problemas, lo cual, en los hechos reales, se ha demostrado históricamente falso.

La respuesta de la civilización frente al sistema capitalista que, desde la época del neoliberalismo y con un ímpetu nunca visto, ahonda la brecha entre el Norte y el Sur, entre ricos y pobres, entre hombres y mujeres, se viene manifestando desde hace años de una manera diferente, caracterizada por la espontaneidad y el empleo de unos métodos de lucha que dejan al margen, descolocadas por la realidad, a las estructuras políticas y sindicales tradicionales construidas durante decenios, e incluso más de un siglo, para la defensa de los más desfavorecidos. Experiencias próximas como el 15M o la marea morada, así como la reciente rebelión ciudadana en Hong Kong constituyen ejemplos explícitos de ello.

La urgencia de frenar en la medida de lo posible el cambio climático y sus efectos devastadores sobre la casa común (no hay otra) dibuja un nuevo escenario en la lucha contra el neoliberalismo suicida en el que las prioridades serán distintas y las movilizaciones y alianzas se desarrollarán de manera transversal y heterodoxa. Así pues, cualquier medida que represente una disminución de emisiones de gases invernadero a la atmósfera, venga de gobiernos, de la sociedad civil o de comportamientos individuales es objetivamente positiva, con independencia de que pueda ser considerada insuficiente, carente de perspectiva histórica o no coincida con nuestra cosmovisión. Es el momento de exigir que la agenda contra el cambio climático sea el eje de cualquier política de avance social y democrático porque resume en sí tanto las necesidades de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta como el cuestionamiento del sistema capitalista que lo ha provocado.

Ahora una adolescente, Greta Thunberg, nos convoca a una huelga planetaria en defensa del Clima. Nos dice que el poder real pertenece al pueblo: démosle todo el crédito que merece.

Es necesario proclamar la emergencia climática y comenzar ya el proceso de transición.

La llamada a la huelga es un grito a la opinión pública y a los gobernantes de todos los países, huelga social sobre todo de consumo y de manifestaciones, ya que no hay una convocatoria sindical de huelga laboral que la legalice en todos los territorios y sectores.