En la era de la globalización capitalista y utilizando las redes, miles de adolescentes y jóvenes de forma solidaria y cooperativa han construido una respuesta internacionalista

Manuel Garí   CTXT

La “generación Greta” ha tomado en sus manos la lucha frente a la emergencia climática. Ha decidido constituirse en sujeto del cambio de rumbo, mediante un movimiento de desobediencia civil en los cinco continentes –desde la Alemania de Luisa Neubauer a la Tailandia de Lilly–, inspirado por la determinación, claridad de objetivos y lenguaje sencillo y directo de Greta Thunberg. La semana del 20 al 27 de septiembre centenares de actividades en todo el mundo pretenden impulsar una huelga por el clima el día 27. Esto en sí mismo ya es un éxito del naciente movimiento.
Utilizando las redes, miles de adolescentes y jóvenes han construido una respuesta internacionalista que se suma a la ejemplar nueva ola mundial del feminismo. No es casualidad que ambos fenómenos se hayan fundido y que las mujeres jóvenes estén jugando un papel catalizador del movimiento por el clima en una plasmación elemental pero incontestable de la fuerza que va adquiriendo el ecofeminismo.

«Dos de los riesgos que deberá sortear este movimiento son el de su cooptación por el poder y el de su instrumentalización por partidismos electoralistas»

Este movimiento, según la joven activista, Irene Landa, “se configura como un espacio juvenil conformado por actores heterogéneos: desde estudiantes de instituto al alumnado de la universidad, con diversos niveles de politización, que en muchos casos son gentes que hacen su primera experiencia organizativa. Espacio que funciona de forma asamblearia y se coordina a nivel estatal e internacional, en el que cada asamblea tiene autonomía de acción, pero con la necesidad de mantener líneas de acuerdo entre todas”. Como movimiento pujante, Friday for Future quiere funcionar sobre las bases de la autoorganización democrática, el pluralismo, la coordinación y la unidad de acción. Sería conveniente que mientras avanza en su estructuración no pierda esas características que le darán fortaleza.
El movimiento es diverso dados los diferentes grados de comprensión de los problemas, de conciencia y de politización existentes. Landa afirma que “se dan casos de asambleas territoriales que ni se plantean ir más allá de una crítica superficial e individualista a la contaminación mientras que en otros lugares se avanza en un discurso transversal anticapitalista, ecofeminista y decolonial”. Serán la experiencia en común en la lucha y la profundización en la deliberación las que irán abriendo camino a una estrategia del movimiento. La gran prueba que deberá afrontar es lograr que en su interior se destierren las prácticas de los hiperliderazgos, tan nocivos en la política española, primando siempre lo colectivo, el pluralismo y la democracia, a la par que evite la competencia y el sectarismo mediante la cooperación fraternal.
En el Estado español la consigna unificadora ha sido la exigencia de la declaración parlamentaria de emergencia climática, objetivo logrado a nivel declarativo el pasado día 17, pero que deberá sustanciarse en medidas para no quedar en un nuevo ignis fatuus. Una excelente orientación para continuar es la del movimiento londinense Extinction Rebellion que plantea objetivos concretos como la exigencia de que los gobiernos digan la verdad e implementen obligatoriamente medidas para reducir a cero las emisiones de carbono en el año 2025, supervisadas por una Asamblea Ciudadana Nacional. Desde el movimiento ecologista puede prestarse un servicio inapreciable al movimiento juvenil aportándole en diálogo franco, abierto y respetuoso su experiencia y sus saberes ante los retos futuros.

«es importante que los sindicatos tomen relación y colaboren con la juventud estudiantil y apoyen sin reparos la huelga del 27-S»

Dos de los riesgos que deberá sortear este movimiento son el de su cooptación por el poder y el de su instrumentalización por partidismos electoralistas. A la vez que se relaciona con los gobiernos e instituciones nacionales o internacionales al plantear sus exigencias, deberá basar su fuerza en la calle y no dejarse seducir por los cantos de sirena de los despachos enmoquetados. Respecto a lo segundo, el antídoto es que el movimiento preserve su autonomía y exija a los partidos que la respeten y que apoyen sus demandas.
Necesitamos movilizar a la mayoría social
La magnitud del desafío climático es de dimensiones épicas. Estamos en una encrucijada civilizatoria, en un momento crítico de la historia que Jorge Riechmann denomina “el siglo de la gran prueba”. La “generación Greta” está realizando experiencias internacionalistas y solidarias, en tiempos de renacimiento de odio y xenofobia, que, ojalá, se trasladen a todos los campos de una alternativa al neoliberalismo antisocial, liberticida y ecocida. Aumenta la evidencia de que el modelo productivo vigente está sobrepasando todos los límites biofísicos. Crece tímidamente la contestación al productivismo auspiciado desde las clases dominantes. Ojalá ante la barbarie acierte Ulrich Beck al afirmar que “cuando el orden se desmorona, la gente empieza a pensar”.
Son muchos los problemas que pueden contribuir al colapso de la biosfera. Todos están interrelacionados en un complejo sistema biofísico y todos tienen una cosa en común: su crecimiento es geométrico. Ello determina la gravedad de la situación y la urgencia de afrontarla, pero hay una cuestión, la de la emergencia climática, que preocupa a diversos sectores sociales. Han surgido distintos agrupamientos en nuestro país con fórmulas elementales y cercanas de organización, como Profes por el futuro, Madres por el clima, Familias por el futuro, y es seguro que aparecerán colectivos de trabajadoras y trabajadores en el mismo sentido. Por ello, en torno a la cuestión del clima podemos construir una amplia alianza arco iris que movilice a la mayoría.
No hay excusa pues a todo el mundo afecta la emergencia, en todo el mundo deben avanzar ideas y políticas de justicia climática, y todo el mundo puede contribuir. La necesaria alianza arcoíris contará efectivamente de forma imprescindible con las organizaciones ecologistas, los feminismos, la juventud estudiantil y las y los científicos, los y las profesionales de todo tipo de conocimientos y dedicaciones, pero es imprescindible también que cuente con los pueblos originarios desposeídos que se han puesto en pie en defensa de su tierra (ejemplar y estimulante la Marcha Das Margaritas en Brasilia), el campesinado que está viendo arruinar sus cosechas, y, por supuesto, la clase trabajadora asalariada del campo y la ciudad, de la industria, la construcción, del transporte, el turismo y los servicios. Su futuro en términos de salud pública y de salud laboral (especialmente en los trabajos al aire libre) dependerá del grado de calentamiento atmosférico. Pero también en términos de empleo.

«No podemos confiar en que los gobiernos sin la presión de sus pueblos adopten medidas reales en la próxima Cumbre de Katowice (COP 24)»

En el caso de avanzar el aumento de temperatura media del planeta se perderán millones de puestos de trabajo, mermarán las tierras fértiles y la disponibilidad de agua, y aumentará el ya dramático fenómeno de los refugiados climáticos o de la emigración a causa del deterioro ambiental –algo que no hay que descartar en buena parte de la península ibérica–. Y, al contrario, en la transición hacia un sistema productivo ecológico, particularmente en la transición energética hacia la sustitución de las energías sucias por las renovables, es de tal calibre la inversión necesaria –como ha calculado para el Estado español el científico del CSIC Antonio Turiel– y de una magnitud tan grande los trabajos necesarios a realizar que, por sí misma, generará muchos más empleos que los que se sustituirán.
Por todo ello es tan importante que los sindicatos tomen relación y colaboren con la juventud estudiantil y apoyen sin reparos la huelga del 27-S. No hay mejor causa que la vida misma para ir a la huelga. Está bien que la Confederación Sindical Internacional proclame su apoyo a la transición energética, pero ello no basta. Hay que pasar de las palabras a los hechos. Los sindicatos deben implicarse. Hay signos esperanzadores en cuanto al cambio de actitud ante el 27-S –y, en general sobre la cuestión clima– de sectores sindicales de algunos países, como plantea Jhon Bellamy Foster, en el caso estadounidense y en el caso alemán, Mark Bergfeld. No dudo que en el caso del Estado español se abrirá paso el apoyo a la juventud el 27-S.
Otra economía es imprescindible
No podemos confiar en que los gobiernos sin la presión de sus pueblos adopten medidas reales en la próxima Cumbre de Katowice (COP 24). Tampoco podemos esperar que el sistema capitalista, cuya expansión y globalización se basa en el actual modelo productivo carbonizado, pueda mediante mecanismos de mercado y de forma altruista resolver los problemas que él mismo generó. Hay sectores del capital que pueden hacer negocio “verde”, pero el conjunto del sistema y sus corporaciones transnacionales no pueden dar soluciones a la pérdida de biodiversidad, el extractivismo, la proliferación nuclear, el uso de productos químicos nocivos o el cambio climático.
La crisis eco-civilizatoria solo encontrará solución mediante lo público, lo común, la cooperación, la planificación democrática, la soberanía popular, y no en lo privado, el individualismo, la competencia, el dictado de los mercados y el gobierno de las finanzas y la gran industria. Necesitamos otro sistema para lograr la reducción de la huella ecológica hasta que sea compatible con la biocapacidad de la tierra y la reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero. Un sistema que sitúe la equidad como criterio rector de la reconversión ecológica de la economía y la construcción de la democracia como garante de la ética de los cuidados.
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Manuel Garí es economista ecosocialista, miembro del Foro de Transiciones