La autodefensa feminista no consiste solo en aprender a defenderse de agresiones. Se trata de vivir mejor y quererse a una misma.
El Salto      María R. Carreras
¿Eres mujer? Si conoces a otras dos, es muy probable que una de vosotras sea superviviente de violencia machista. Una de cada tres mujeres —35%— ha sufrido en algún momento de su vida violencia física o sexual a manos de su pareja, o violencia sexual por parte de terceros, según estimaciones de Naciones Unidas. La mayoría de las veces, esta violencia es infligida por una pareja o expareja.
Las agresiones por parte de desconocidos son una minoría si se comparan con aquellas que llevan a cabo parejas, conocidos, compañeros de trabajo, familiares o amigos. De hecho, el 38% de los asesinatos de mujeres que se producen en el mundo son cometidos por sus parejas —hombres—, según datos de la Organización Mundial de la Salud.
La amenaza de estas violencias o la necesidad de protegerse después de haber sufrido una o varias agresiones son solo algunas de las razones que pueden animar a buscar formación en la autodefensa feminista. Pero no solo: “caminar por la calle con más seguridad”, “aumentar la autoestima”, “conectar con el propio cuerpo”, “acercarse al feminismo” o “simplemente conocer a otras mujeres” son algunas de las razones que esgrimen las mujeres que se acercan a las clases de autodefensa feminista.
Pero, ¿qué es la autodefensa feminista? Según el Bilgune Feminista de Euskal Herria (EHBF), organización feminista vasca de ámbito nacional, la autodefensa feminista es “una estrategia de empoderamiento personal y colectivo, no solo para enfrentar y erradicar la violencia sexista sino también para redefinirla desde el marco teórico del feminismo”. Para esta organización se trata, pues, no solo de una reacción frente a un ataque físico sino, sobre todo, “de un acto de apropiación del territorio más propio: el cuerpo y por extensión de los derechos como ciudadana”.
Esther López es la fundadora de Safo Eskola, un espacio feminista en Bilbao que ofrece actividades con las que busca “el disfrute del movimiento y del propio cuerpo” en un ambiente que promueve “la autodefensa, el empoderamiento, el cuidado del cuerpo y de la mente, el disfrute y la sororidad”.
Para Esther, que es profesora de autodefensa feminista y de otras disciplinas como el flamenco —que enfoca también desde el feminismo—, la autodefensa feminista es “un conjunto de actitudes, de saberes y de herramientas que te ayudan a ganar confort para vivir mejor, con menos presiones de todo tipo, con más amor hacia nosotras mismas”.

“Uno de los pilares de la autodefensa feminista es aprender a trabajar con tu cuerpo; aprender a romper rodillas, dedos, narices, lo que haga falta… todo de una manera fácil e intuitiva”, explica Esther López

Su manera de hablar es la prueba viva de lo que enseña día a día: se expresa con asertividad y sus manos dibujan caracoles invisibles mientras explica que, para ella, la autodefensa feminista se asienta sobre tres pilares fundamentales. “El primero es la parte física, aprender a trabajar con tu cuerpo, aprender a romper rodillas, dedos, narices, lo que haga falta… todo de una manera fácil e intuitiva, sin mucha técnica complicada”.
El segundo pilar de la autodefensa feminista es, para Esther, la parte psicológica o emocional. “¿Qué siento cuando se me agrede o se me acosa? Analizamos en colectivo qué es lo que sientes, cómo tienes la autoestima, teniendo en cuenta que se nos ha educado para que seamos sumisas a esta violencia, para que no nos defendamos, para que seamos nosotras las que llevemos la vergüenza”. Todas estas violencias machistas, explica, están muy relacionadas con los estereotipos sobre nuestros cuerpos: “Si tú no amas lo que tienes, no lo vas a defender y dejarás la responsabilidad en terceras manos; ya sea en el príncipe azul o en el Estado”.
Este aspecto es uno de los que marca la diferencia entre la autodefensa feminista y un curso de defensa personal, donde la autoestima y el feminismo no se abordan.  La autodefensa feminista no solo aporta información sobre las realidades de las violencias machistas: también pone sobre la mesa el proceso de socialización por el que las mujeres son educadas para comportarse de manera recatada, internalizando desde pequeñas que no deben “montar escenas”. En las clases de Esther, pues, se hacen visibles todas esas enseñanzas que acaban inhibiendo la capacidad de resistirnos y se vuelven en nuestra contra cuando enfrentamos violencias.
El tercer y último pilar, continúa Esther, es el grupo. “Tú compruebas, compartiendo vivencias con las demás, que lo que a ti te pasa no es algo que solo te pasa a ti. Tú quizá no has sufrido una violación como la chica en Iruña, pero la de al lado igual sí. Aprendemos a no cuestionarnos entre nosotras, a apoyarnos, a no juzgarnos”, explica.
Lo que cuenta Esther López evoca el mensaje que hemos escuchado en manifestaciones feministas durante todo este año: “Nos tocan a una, nos tocan a todas”. De esta forma, el prefijo “auto” no haría referencia aquí solo a una persona, a un individuo, sino al colectivo, a la red de mujeres.

Espacios no mixtos

Las clases de autodefensa feminista son, por definición, un espacio que se define como “no mixto”, un aspecto que, de nuevo, marca la diferencia con la defensa personal que se imparte en algunos gimnasios comerciales, que en algunos casos es enseñada por hombres y se centra siempre en estrategias de defensa puramente físicas. La autodefensa feminista es una actividad realizada exclusivamente por y para mujeres y es algo mucho más completo. Esther, que oferta sus cursos a “mujeres, niñas y trans”, lo tiene claro: “Los espacios no mixtos son imprescindibles para la lucha contra el patriarcado”.
Esther justifica el uso de espacios no mixtos: “Nadie se plantería, por ejemplo, ir a protestar porque un colectivo de personas discriminadas por razón de raza se reuniesen para, a partir de la vivencia de una opresión compartida, hacer cosas juntas. Nadie pretende participar en una asamblea de paradas si no es desempleada. Al final, todo lo que hacemos las mujeres levanta espinas, hasta en los entornos más de izquierdas; es como cuando hablas de machismo y de violencia machista, siempre hay quien sale con que conoce el caso de una mujer que era maltratadora y era malísima”.
Además, frente a la narrativa tradicional, la autodefensa feminista no responsabiliza a las mujeres de las agresiones sexistas que sufren. Y es que, a pesar de que el bloqueo durante un episodio traumático es una respuesta común para muchas personas, sean hombres o mujeres, se sigue poniendo en duda la reacción de las mujeres agredidas cada vez que hay un nuevo caso mediático de agresión sexual, sea cual sea esa reacción.
En las clases de autodefensa feminista se afirma una y otra vez que hay tantas respuestas posibles a una agresión como personas. Según explica Esther, “nos pasa que cuando relatamos —si nos atrevemos a contárselo a alguien— una agresión que hemos vivido y contamos lo que hemos hecho, siempre se nos cuestiona. ‘¿Por qué te has puesto así?, ¡qué histérica!, ¿por qué has hecho eso?, ¿por qué no has hecho eso otro?…’”. Según Esther, “la autodefensa te enseña que hay una serie de respuestas ilimitadas y no hay un orden de utilización, ni tiene que haberlo”.

cambio de narrativa

Hace unos meses, a raíz de las movilizaciones llevadas a cabo para protestar por la sentencia por abuso y no por violación a La Manada, surgió una narrativa que criticaba algunas de estas reacciones, calificándolas como “punitivistas”. Al preguntar a Esther cómo ve ella el tema desde un punto de vista crítico con el sistema penal patriarcal, comenta: “Siempre ha habido un miedo a lo que vamos a hacer las mujeres; es necesario quitarle a la violencia machista esa parte de ‘son cuatro locos aislados que hacen esto porque tienen alguna enfermedad mental’. Eso no es así”. A Esther le preocupa también la estigmatización de las supervivientes. “A quien hay que vigilar es al lobo y hay que invertir los esfuerzos en eso, no en estigmatizar a las supervivientes”.
Existe, además, en los medios de comunicación de masas, una infrarrepresentación de historias positivas de mujeres que consiguen por sí mismas defenderse de agresiones. Según López, “se crea una cultura del terror, incluso a menudo aportando datos escabrosos; muy pocas veces se da información desde el lado de la superviviente, de la que hace frente con éxito, cuando, en realidad, eso es lo que sucede de forma más habitual”.
La autodefensa feminista extrae a las mujeres de esta narrativa pasiva, aportándoles confianza para responder como deseen, ya sea verbal o físicamente, atacando o huyendo. Desde hace ya algunos años, las académicas vienen haciendo estudios científicos al respecto, que confirman que las mujeres que reciben este tipo de formación tienen más posibilidades de sobrevivir a incidentes violentos de todo tipo.
Según una investigación sobre el impacto de la autodefensa feminista realizada en 2013 en la Universidad de Oregón, después de un curso de autodefensa feminista de 30 horas, las participantes demostraron ser “significativamente menos propensas a experimentar un incidente violento de todo tipo”. Jocelyn Hollander, autora de ese y otros estudios sobre el tema, lo que se aprende en estos cursos va más allá de poder defenderse de ataques y consigue además prevenir la violencia, enseñando a las mujeres a gestionar comportamientos controladores antes de que escalen y se traduzcan en agresiones.

Varias investigaciones posteriores corroboran que la formación en autodefensa feminista es clave para minimizar las agresiones y aumentar la autoestima

Investigaciones posteriores corroboran que la formación en autodefensa feminista es clave para minimizar las agresiones. Evidentemente, la autodefensa feminista no es una pócima mágica y no convierte a las estudiantes en Hulkas, pero algunos estudios sugieren que el riesgo se ve reducido. Por ejemplo, en el artículo de Kristine De Welde Getting Physical: Subverting Gender through Self-Defense su autora describe cómo la autodefensa feminista extrae a las mujeres de una narrativa pasiva para aportarles confianza para responder como deseen, ya sea verbal o físicamente, atacando o huyendo. La autodefensa feminista, de este modo, contribuye a reformular la victimización y cambiar la narrativa: “Lo que resulta es una agencia física dentro de la cual las narrativas sobre la feminidad son reinterpretadas y reencarnados como poderosas en lugar de vulnerables”.
Más allá de las clases, Esther recuerda que existe una responsabilidad que no es de las personas socializadas como mujeres: “El problema no es nuestro, nosotras no violamos”. La educación, continúa, debería ser idealmente inversa: “hombre: no violes” en lugar de “mujer: ten cuidado”, tendrían que aprender ellos a no agredir. Mientras tanto, nos queda la autodefensa: “La autodefensa feminista nos da herramientas para amarnos por encima de todo y de cualquiera. Y también nos relaja muchísimo, nos ayuda”.  “Toda niña y mujer debería pasar por uno de estos talleres alguna vez en su vida”, concluye.