16 de Julio de 2016

Amanda Andrades (Enviada especial)

get_imgUn sueño escaso de cuatro o cinco horas, una ducha revitalizante, un desayuno rico preparado por las activistas de Ca la dona (La casa de las mujeres), de Barcelona, y a la carretera de nuevo. Empieza la segunda etapa de la Caravana a Grecia.

Horas y horas de autobús por delante, hasta llegar a Milán. Horas para contar historias.

La de Marco, profesor de secundaria, está ligada a un descubrimiento reciente, de hace un año, cuando supo que su abuelo había sido un niño refugiado. Durante la Guerra Civil le acogió una familia francesa. Como en verano está en paro –es interino – no ha dudado en apuntarse a la iniciativa, de la que se enteró mediante una amiga miembro de la red madrileña de acogida a refugiados.  “Hacía tiempo que no realizaba un viaje de este tipo. Otros veranos estuve en Nicaragua, Bolivia  o Cuba con brigadas internacionales”, explica.

El objetivo de este madrileño, de 31 años, es doble. Por un lado, ser testigo y formarse un “criterio propio” para contárselo a su alumnado. Por otro, continuar luego con la presión política. “De aquí salen nuevas iniciativas, lo que era un viaje de una semana se convierte en algo más largo”.

También es profesora de secundaria, Virginia, de 36 años. Granadina de nacimiento, ejerce en un instituto de Ciudad Real. Este curso se ha dedicado a formar a los adolescentes en educación en valores. Para ella, fue fácil tomar la decisión de enrolarse en la caravana. “Tenía vacaciones y podía”. Ya había intentado antes aportar su granito de arena en la tarea de ayudar a las más de un millón de personas llegadas a Europa en su huida de la guerra de Siria.

En septiembre, cuando lo del “chiquillo”, Aylan, preparó su casa para poder recibir a alguna familia y se apuntó en una de las iniciativas ciudadanas de acogida que surgieron entonces. “En Ciudad Real llegó a hablarse de montar autobuses para ir a buscarles”. Todo quedó ahí, sin embargo. El gobierno se negó a aceptar esa solidaridad espontánea. Se limitó a los cauces oficiales, al acuerdo de la UE de recolocar solo a 160.000 refugiados. España se comprometió a admitir  a casi 16.000. Hasta julio habían llegado 187.

La consigna para cruzar Francia es discreción: pancartas guardadas, escondidas, en los maleteros de los buses para aparentar ser un grupo de turistas de vacaciones. Por si acaso, por si hay muchos controles policiales en la frontera o en la carretera, tras el terrible atentado de Niza en el que 84 personas murieron el jueves 14 de julio.

Poco antes de llegar a Montpellier, la prudencia se hace trizas. Un atasco de hora y media provocado por un accidente, parada obligatoria, todos a la carretera. Y entonces, aparece una gaita, se improvisan unos bailes y el cristal delantero de uno de los buses se adorna con una pancarta de Caravana a Grecia. “Ninguna persona es ilegal”, “Wellcome, refugies”, comienza a gritarse, entre las miradas sorprendidas, curiosas y amables de camioneros y viajeros atrapados en el embotellamiento.

Hay que aprovechar también para picotear algo, en los buses no está permitido. Unos melones, tomates, pepinos de la huerta y los últimos pedazos de un hornazo gigante, cortesía de los salmantinos. Por fin, empieza a despejarse la carretera y toca continuar la ruta. Ya no habrá parada hasta cuatro o cinco horas más tarde, para comer. A pesar del dolor de piernas  y las ganas de ir al baño, casi nadie se queja. El retraso pone en riesgo llegar a tiempo al acto de bienvenida organizado por distintos colectivos en Milán. Además, han de tenerse en cuenta los tiempos de descanso obligatorios de los choferes. A las 11 de la noche, como máximo, deben dejar de conducir.

Las nueve y cuarto marca el reloj del bus cuando por fin aparece el edificio de la Stazione Centrale. Unas cincuenta personas están concentradas con pancartas y unos stand. Un grupo de música, compuesto por italianos, refugiados e inmigrantes, marca el ritmo con canciones de reggae.

El autobús aparca y los 54 caravaneros del vehículo madrileño-sureño salen disparatados, sin orden ni concierto. Desesperados por estirar las piernas o fumar un cigarro.

Los vascos, no. En su aparición en la plaza, veinte minutos más tarde, hay disciplina. Bajan, muchos con sus pañuelos amarillos al cuello, con el lema Errefuxiateak, ongi etorri, se agrupan detrás de una pancarta, ondean las ikurriñas y gritan “Abran las fronteras”.

Los castellano-leoneses y los valencianos y catalanes ni siquiera llegan. Se les ha complicado el viaje y van directos al hotel, Rimaflow, una antigua fábrica de automoción, recuperada (ocupada) en 2013, en un polígono industrial a veinte kilómetros de Milán.

Mayra lleva 10 años en Italia. Hasta los 20 vivió en México, país en el que ya era activista. Su marido es marroquí, cruzó el Mediterráneo en una patera. Sobrevivió. La red en la que participa esta treintañera trabaja con dos asociaciones, una en Argelia y una Túnez, especializada en documentar y denunciar los casos de los desaparecidos en el “cementerio europeo” unos 30.000, según los datos que manejan.  “Son muchos más. Nuestras cifras provienen de la información que nos dan las familias, del número de cadáveres que encuentra la Marina italiana”. Y de un registro, que debe ser quizás aún más doloroso, las llamadas por teléfono satelital desde las barcas. “Llaman y dicen somos 30, somos 70, 100. Si no llegan,…”.

Un chico joven, muy joven, se acerca. Pide dinero, unos 10 euros, por dejarse entrevistar. Tiene hambre. Hay que buscarse la vida. Alexa, militante de la red Milano sensa frontiere le explica que no puede pagársele por esto, pero que ella le va a buscar algo de comida. Aprovecha para informarle de una escuela a la que puede acudir para aprender italiano. “Es gratis”, insiste.

Issa huyó con 16 años de Gambia. Cuando se le pregunta por qué, su respuesta es breve: gay. “Pero, ya no lo soy”, añade con un mirada borrosa y triste. La homosexualidad está castigada en este país con penas de cárcel que pueden llegar hasta la cadena perpetua, tras la aprobación de una nueva ley en 2014. Lleva año y medio en Italia. Antes, ha cruzado por Senegal, Mali y Libia, donde fue encarcelado. De ahí, una barca y el cruce del Mediterráneo.

— ¿Cuál es tu sueño?

— Definitivamente, ya no sé cuál es.

2.618 kilómetros de solidaridad

Acabada la primera etapa, Madrid-Barcelona, aún quedan muchos kilómetros por delante, 2.618 en concreto, los que separan la capital catalana de Tesalónica, los que recorrerán unas 260 personas en cinco autobuses procedentes de Salamanca, Bilbao, Vitoria, Valencia y Madrid. Es la Caravana abriendo fronteras, una iniciativa de denuncia política, coordinada por una veintena de organizaciones de una quincena de ciudades.

El autobús de Madrid tenía como punto de partida Atocha. La cita, a las  15:30 de la tarde del viernes. La hora prevista de salida, las 16. Por supuesto, sale con retraso, aunque no mucho, sólo media hora, el tiempo de esperar a un “compañero” que se ha visto atrapado en un atasco.

Unas cincuenta personas se han acercado a despedir a la caravana madrileña. Portan carteles contra los muros que levanta la UE en sus fronteras y de bienvenida a los refugiados. El coro de la Solfónica, nacido durante el 15M, ameniza con un par de canciones, una de ellas, en griego. Entre los que han venido a decir adiós y desear un buen viaje, cinco concejales de Ahora Madrid, Nacho Murgui, Carlos Sánchez Mato, Mauricio Valiente, Javier Barbero y Romy Arce.

Una vez que el bus arranca se ponen en marcha también las conversaciones. Hay que conocer al compañero de asiento y, al menos, a los que están sentados más cerca. Para ello, están las clásicas preguntas de cómo te llamas, de dónde vienes, a qué te dedicas, pero también las dinámicas  y juegos de grupo que  ayudan  a romper el hielo y establecer confianza. Desde un Trivial, con las tarjetas que ha  traído alguien, hasta una ronda de presentaciones micrófono en mano.

Algunos de los 54 pasajeros han coincidido antes en las reuniones preparatorias o incluso llevan años haciéndolo en manifestaciones y acciones contra el racismo, la ley mordaza, el 15M, etcétera. Otros no se habían visto nunca en persona. Sólo habían hablado por Facebook, Whatsapp o Telegram. Aunque el autobús sea el de Madrid, se han apuntado muchos andaluces y castellano manchegos. Es más, los madrileños son minoría. Por profesión, destacan los maestros.

En la ronda de micro libre, se anima hasta uno de los dos conductores, el que está de descanso. “Os admiro. Con lo que está pasando, parece que miramos hacia otro lado, pero vosotros, no”. La respuesta es rápida: “Vosotros nos lleváis”.

Entre las palabras más repetidas, dignidad e indignación, emoción e incluso miedo. Temor a que aquello que “se va a ver de primera mano, más allá de lo que cuentan los medios”, en Grecia sea demasiado duro, demasiado intolerable.

Entre los objetivos de la Caravana  está el de “contestar las políticas migratorias de la Unión Europea, que cada vez se acercan más a la barbarie, totalmente ajenas al dolor y al sufrimiento que están ocasionando”.

Tras el cierre de la frontera con los Balcanes, más de 57.000 personas se hallan varadas en Grecia, a la espera de un traslado a otros países europeos, que se prevé lento, muy lento, desesperadamente lento. Desde que, en septiembre de 2015, Bruselas adoptará un acuerdo para la reubicación en otros países de 160.000 personas llegadas a Grecia e Italia, sólo 3.056 han sido recolocadas.

Frente a la cerrazón de la UE, el sueño de los caravaneros puede resumirse en un rap que un chico entona. Sus versos terminan con una ritma fonética “¿Me oís? Wellcome, refugees”.

También hay otra esperanza en el horizonte, que la Caravana sea solo un primer paso. “Que en cuatro o cinco meses haya otra a Ceuta y Melilla, a nuestra frontera Sur”, expresa Pampa, activista argentino afincado en Madrid desde hace 15 años e integrante de la Red de Acogida que se creó en la capital en septiembre de 2015.

Son ya las 12 de la noche, cuando el autobús madrileño-sureño llega a Barcelona. Unas horas antes, una manifestación y un concierto han dado la bienvenida a los autobuses de Salamanca y el País Vasco. El de Valencia tampoco pudo llegar a tiempo, una avería se lo impidió.  La que no se lo perdió fue Ada Colau. La alcaldesa llegó al final y subió al escenario. En su discurso insistió en que los cambios los logra la ciudadanía. De ahí su apoyo a la Caravana, recuerda Ana, de Sos Racismo Madrid, que junto a otros cinco compañeros había adelantado su viaje para asistir al acto.

Una cena rápida, algunas reuniones breves y a la cama, unas colchonetas en el suelo del polideportivo  Mar Bella, cedido por el Ayuntamiento. A las 6:45 de la mañana comienza la siguiente etapa. Próxima parada, la Stazione Centrale de Milán, el lugar de llegada en esta ciudad italiana de los que huyen de la guerra, la miseria o la falta de un futuro.

Fuente: CTXT