Cientos de mujeres, madres migrantes y precarias, trabajan como internas en el servicio doméstico. Viven para los demás, y crían a sus hijos en la distancia

CTXT  NEREA BALINOT
‘‘Interna por 700 euros’’. Este anuncio no es una oferta, sino la propuesta de quien busca trabajo. Entre sus cualidades, destaca: seria, no fumadora y sin hijos en España. La disponibilidad inmediata y la ausencia de cargas familiares son algunas de las características que mejor cotizan en este mercado. El de interna no es un trabajo compatible con la vida. 
Este es el destino de muchas migrantes que llegan a nuestro país. Una de las pocas opciones para quienes no tienen documentación ni recursos económicos. ‘‘¿Cómo te vas traer a un familiar?’’, plantea Blanca (nombre ficticio), una mujer peruana que trabaja en el servicio doméstico. ”Si consigues un trabajo como externa, por horas, no te da para vivir. Ser interna, al menos, garantiza un techo”, explica.
No siempre. En su día libre, Blanca tiene que alquilar un sofá cama para dormir. Paga 150 euros por cuatro noches al mes. El precio incluye la posibilidad de guardar sus maletas, sus únicas pertenencias. Algo que no está permitido en la casa en la que vive y trabaja como interna el resto de la semana. Allí, no puede dejar nada. ‘‘Ni una foto de familia, porque no es mi habitación’’, añade. Es el lugar en el que duerme. Un cuarto que permanece siempre abierto. Una cama que comparte con ‘‘la chica del fin de semana’’. Un par de perchas: para el uniforme y para la ropa con la que entra el domingo por la noche y sale el sábado por la mañana. ‘‘No tienes nada tuyo. Ni un espacio para llorar”.
El trabajo de Blanca es cuidar a un hombre mayor, de 95 años. Lo baña, lo atiende, se encarga de que coma y tome su medicación. Descansa cuando él echa la siesta. Y si no la echa, no descansa. Cocina, friega la casa, lava y plancha la ropa. También, para la hija de este. Aunque eso no formaba parte del contrato que nunca llegó a firmar. Cobra 850 euros y afirma que ‘‘ser interna es la esclavitud moderna’’.
Alguna vez ha querido irse, pero flaquea. No es solo la necesidad económica lo que le hace ceder. ‘‘Ves sus llantos, sus necesidades… Es una persona mayor. No tiene quien le escuche, no tiene quien le anime cuando dice que solo quiere morirse’’, explica. Su jefe es muy amable. Muy educado. También, ‘‘un poco manipulador’’. Cuando la nota rara, le dice: ‘‘¿Qué va a ser de mí si tú me dejas, Blanca? Eres como mi familia. Hablo más contigo que con ellos’’. 
Su trabajo, explica, es vivir para los demás: ‘‘No tener una vida propia’’. No poder, si quiera, meter fruta en el frigorífico. Porque no es su casa. ‘‘Pero tengo que trabajar como si lo fuera. Y tengo que poner todo el cariño en la persona que cuido, como si fuera mi familia’’, sentencia. Pero sin serlo. Recuerda la última vez que vio a su padre, una semana antes de su entierro. Cuando quiere hablar de su hijo, se le quiebra la voz; calla. 
Pertenecer al colectivo Sedoac (Servicio Doméstico Activo) es lo único que le ayuda a sobrevivir, continúa. Gracias a esta organización que lucha por los derechos de las trabajadoras del hogar, ha aprendido a decir ‘‘No’’. La capacidad de negociar y poner límites es, precisamente, la temática del último taller organizado. A la salida, varias mujeres cuentan sus experiencias y recuerdan a aquellas compañeras que no han podido asistir:
—Hay chicas que trabajan también el sábado y el domingo –afirma una de ellas– No descansan. Solo piensan en ganar y ganar.
— ¿Sabes por qué? –responde Blanca– Porque tienen una familia que han dejado. Porque viene la culpa: que no estoy, que mamá, que te extraño… Y comienzan a hacerles fiestas a los hijos en las que se gastan un dinero que no tienen acá.
— No creas. La culpa también la sientes cuando los traes aquí. Porque los niños sufren y no estás con ellos. ¿Cómo les dedicas tiempo? No puedes ir ni a una tutoría.
Todas coinciden: cuidar a quien una quiere cuidar también es un privilegio.

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Saida habla con su hijo siete u ocho veces al día. La primera llamada es a las seis de la mañana, hora paraguaya: ‘‘Lo despierto, le pregunto qué tal está, si ya desayunó, cómo amaneció…’’. La última, antes de que él se duerma: a las tres de la madrugada, hora española. 
A más de 9.000 kilómetros de distancia –y con una diferencia horaria de seis horas –, acompaña su día a día. Habla del instituto privado al que asiste, uno de los principales motivos que la llevaron a emigrar porque ‘‘allá la educación pública es muy precaria’’. También, de los problemas de drogadicción que asolan Paraguay. ‘‘Intento que esté todo el rato haciendo cosas para que no pueda ni pensarlo’’.
Cuando se marchó, su hijo solo tenía nueve años: ‘‘era muy chiquito’’. Algunas amigas le contaban que, cuando habían vuelto a ver a sus hijos después de tres o cuatro años, apenas las habían reconocido. ‘‘Eran como extrañas para ellos. Yo no quería que me pasase eso’’, añade. En cuanto pudo, lo trajo a España. Decir que pasaron juntos tres meses sería injusto. ‘‘Yo no estaba en todo el día: salía a las siete de la mañana y volvía a las diez de la noche’’, cuenta. Saida tiene dos trabajos –ambos en el servicio del hogar– y solo 45 minutos entre uno y otro. ‘‘Mi hijo estaba triste, lloraba. Yo no le quería obligar a esta vida’’, explica. Así que volvieron a separarse. Y añade: ‘‘Si yo misma no soy feliz, ¿cómo lo voy a arrastrar a él?’’.

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Hace 15 años que Santina vive en España. No baila, no fuma, no bebe: ‘‘Yo no trabajo para mí, es para ellos’’, afirma. Habla de sus cuatro hijos, a los que dejó con su abuela para migrar. Aún recuerda cuando el mayor le reprochó: ‘‘El dinero no sirve para nada, necesitábamos el cariño’’. Ella niega con la cabeza y sentencia: ‘‘Si ellos no lo valoran, yo sí. No pienso volver a pasar calamidades’’. 
Aunque le gustaría regresar a Argentina y reunir a toda su familia, ‘‘esa tierra ya no da nada’’. Aquí, explica, al menos tiene trabajo. Cuatro horas al día en una empresa de limpieza. Dos pagas extra al año. Ocho días de médico. Vacaciones y festivos.  ‘‘¡Estoy como la reina Sofía!’’, añade riendo. Cuando termina su jornada, sale a limpiar casas. Entre ambos sueldos, junta unos 800 euros cada mes. 
Consiguió traer a una de sus hijas a España y ahora viven juntas. Muy juntas. En una sola habitación; el único alquiler que ha podido pagar. Allí comen, duermen y conviven. Si se queda haciendo deberes hasta tarde, Santina se da la vuelta para poder descansar. ‘‘No tenemos espacio, no tenemos nada’’; pero ella, afirma, no se rinde. Aún puede jugar la partida: ‘‘Todavía hay algo para vivir, todavía hay trabajo, todavía hay salchichas a 26 céntimos. Allá no voy a conseguirlas’’.

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‘‘Yo me considero mala mamá’’, reconoce Delmi, una de las compañeras de Sedoac, en el podcast Invisibles‘‘Porque una buena mamá, quizás, tiene que estar con sus hijos todos los días. Y yo no puedo’’, explica. Recuerda cómo tuvo que dejarlo todo –‘‘y, por todo, me refiero a mis hijos’’– para darles un futuro mejor. También, el día en que la pequeña, de cuatro años, le preguntó: ‘‘Mamá, ¿por qué me abandonaste?’’
Las separaciones familiares ocasionadas por la migración son una de las pérdidas ‘‘más devastadoras’’. Así lo afirman las investigadoras Yolanda Puyana y Alejandra Rojas en un estudio de la Universidad Nacional de Colombia. Devastadoras por ambiguas, aclaran. Al tiempo que no se está físicamente, se mantiene una presencia psicológica, se buscan nuevas formas de comunicación y aparecen las expectativas ante un posible reencuentro. Aunque ha habido una pérdida, el duelo no se elabora. La ruptura no se declara, no se nombra. Y la herida no cicatriza. 
‘‘Con el cuerpo acá, pero con el alma allí’’. Así lo explica Blanca. Su vida es una llaga abierta desde que se separó de su hijo, hace siete años. ‘‘Cuando lo dejé, él ya estaba comenzando’’, explica. Pero al menos podía hablarle, podía abrazarlo. Ahora, nada. Solo ver sus fotografías en el teléfono. Hablar con él cada vez que puede. ‘‘Decirle que lo amo siempre’’. Llamarle la atención, a veces. Su hijo está ‘‘doblemente enfermo’’, cuenta: es adicto y tiene tuberculosis.  
Los medios virtuales son el lugar en el que crecen los vínculos familiares transnacionales, continua el estudio. A diario Blanca llama a su madre y siente que no está sola, ‘‘que es un teléfono, no más, lo que nos separa’’. También recibe mensajes –de amistades, de vecinos, de profesionales de allí– que le dicen: ‘‘Ven, tienes que estar con tu hijo’’. 
Con el término ‘‘huérfanos de la migración’’ se ha definido a los hijos e hijas de los migrantes que quedan en el país de origen. Para Puyana y  Rojas, se trata de una expresión que solo contribuye a estigmatizarles. Especialmente, si son mujeres. Es una ‘‘mirada descontextualizada’’ que ignora la influencia del sistema social y económico, cargando toda la responsabilidad sobre quienes migran. Y es un juicio que agrava ‘‘la soledad y la angustia’’ de las mujeres que viven una maternidad transnacional.
‘‘A veces, las personas aumentan nuestra culpa’’, coincide Blanca. Culpa por haberse marchado, por no poder hacer nada, por estar aquí estando él enfermo. Mientras le escriben para decirle: ‘‘Tu hijo se va a morir. Tú eres la única que puede hacer algo por él’’. E insisten: ‘‘Ven, siquiera a enterrarlo. Que tenga una muerte digna. Que no lo tiren a un hueco’’. 
Migrar le ha cambiado totalmente la vida. ‘‘Y duele. Duele mucho’’, explica. Ahora está arreglando sus papeles para marcharse. Es un proceso lento: con un solo día libre a la semana, un trámite que podría realizar en 10 días hábiles se está alargando durante dos meses. En sus momentos más negativos piensa que no llegará a tiempo. A veces se ‘‘agarra de la fe’’; otras, la pierde. Su único objetivo es volver a verlo.  ‘‘Pero no puedo…’’ Se detiene, se aclara la voz; matiza: ‘‘No quiero regresar derrotada’’.