(A Juan Luis Ruiz Giménez, médico de familia en Vallecas, amigo y compañero del MATS, fallecido recientemente)

He leído en un artículo del periódico “El País” (“Telemedicina más allá de la pandemia”), que los médicos de familia dedican: “una media de 32 actos médicos a la teleasistencia (cinco horas y veinte minutos de su jornada diaria) y atienden 10 pacientes de forma presencial”. En dicho artículo se valora positivamente la teleasistencia en determinadas situaciones como la solicitud de recetas o las bajas laborales. Sin embargo también se advierten de los peligros que ello conlleva si no se hace una regulación y se dedican más recursos. Hasta aquí todo parece normal.

Sin embargo en mi opinión este tema no se debe descontextualizar del debate sobre la sanidad pública que se lleva haciendo todos estos años. Este es mi punto de partida: 1) España invierte poco en gasto sanitario (ocupamos el 17 de la UE). 2) La comunidad de Madrid es la que menos invierte en proporción a la población que debe atender. Y por último, Atención Primaria es la que más ha sufrido tanto por la descapitalización de medios materiales y humanos, como por la decisión del gobierno de Isabel Díaz Ayuso de trasladar al IFEMA y otros servicios a muchos profesionales que estaban en los centros de salud. De ahí la situación de emergencia en la que se encuentra el SERMAS (Servicio Madrileño de Salud) en Atención Primaria.

Partiendo de estas tres premisas básicas, vayamos al fondo de los problemas. El principal de todos ellos es que vivimos en un sistema económico llamado capitalismo que en lugar de dirigir sus recursos al bienestar del ser humano y de la naturaleza, los dirige a la creación irracional y descontrolada de una riqueza material.

Pues bien, estos debates acerca de las tecnologías aplicadas a la población (en este caso pacientes y en otros clientes), no son nuevos. El capitalismo se reinventa a si mismo con el único objetivo de optimizar ganancias y reducir gastos. La banca, la industria y el comercio son ejemplos muy claros. Durante dos décadas el sector financiero viene cerrando oficinas bancarias con el único objetivo de disminuir costes laborales y aumentar beneficios. El caso del comercio es parecido, estamos llegando a un punto en que el cliente que entra en una superficie comercial hace el trabajo de los empleados y a éstos se les despide por innecesarios. En el caso de la industria ya hemos visto como se desplaza de un punto a otro de la geografía buscando la mano de obra más barata. Por supuesto que no nos oponemos a los avances tecnológicos (las tarjetas de crédito en un caso o las compras on line en otros), todo ello resulta gratificante cuando ahorra tiempo o desplazamientos; sin embargo sabemos que estos procesos tecnológicos -que ha venido haciendo el capital desde hace doscientos años- no se llevan a cabo para la búsqueda de la felicidad de las personas, sino para aumentar los beneficios que se invierten y al menor plazo posible.

Aunque el caso de la sanidad pública es diferente, ya que no funciona como una empresa capitalista sino como un servicio público del Estado (un hospital no es un capital privado, ni el gerente es propietario, ni el objetivo inmediato es una ganancia a repartir entre accionistas); son sus mismos gestores (gobiernos y administraciones), las que contagiadas o, mejor dicho, asumiendo la lógica del capital tienden a gestionar el “bien común” con los mismos criterios que lo haría un consejero delegado de un banco privado (en este caso no nos referimos a tal o cual gerente de un centro sino a las administraciones en su conjunto). El objetivo de las administraciones no es principalmente la salud de las personas, sino el cumplimiento de los presupuestos aunque eso conlleve un deterioro de los servicios como ha venido ocurriendo todos estos años.

Más allá de esto, las propias administraciones no son nada neutras, sino que responden a intereses políticos concretos. El PP en Madrid ha hecho gala sistemáticamente de poner cuantos más recursos públicos posibles en manos de las empresas, ya sea por la vía de las privatizaciones, los conciertos públicos y privados, las fundaciones, etc. Por eso cada día aumenta la tendencia a la deshumanización en todas las áreas relacionadas con la sanidad, la educación o los servicios sociales y, por el contrario, aumenta poderosamente el criterio de “efectividad” y “rentabilidad”. Son ya muchas las ocasiones que hemos denunciado que cuando un servicio público pasa a manos privadas no se reducen los gastos sino que se produce una transferencia de valor desde lo público a lo privado.

Avanzando un poco más, tiene razón la médica Maria del Mar Noguerol cuando habló en la Sexta Noche de que Atención Primaria era la cenicienta de la sanidad pública. Los presupuestos de la comunidad de Madrid hablan por sí solos ( proporcionalmente se destinan menos recursos). Pero más allá de los datos, resulta evidente que a las administraciones les interesa poner el dinero en lugares donde se concentran los servicios más sofisticados con las tecnologías de última generación (revolución 5.0 aplicación a la medicina de la Inteligencia Artificial). Eso abre el campo de las grandes multinacionales como Roche, Siemens, Johnson&Johnson, Philips, Pfizer… Las mismas empresas que hoy batallan por conseguir la primera vacuna anti-covid 19 en el mercado. También a muchos profesionales sanitarios estos negocios no les son ajenos. Como denunciaba el periódico El Diario.es el 11/10 en una crónica del periodista Raul Rejón, no son pocos los médicos que reciben dinero de estas grandes empresas por diferentes servicios.

En resumen, lo que se está subordinando es el interés de la población y de su salud, a los intereses de las grandes compañías dedicadas al negocio de la sanidad. Un inmenso negocio porque se trata de una necesidad universal a la que ninguna persona nos podemos escapar. Tan importante como la vivienda, la educación, la alimentación o el trabajo.

Este es el telón de fondo que hay detrás de las propuestas de Telemedicina y Teleasistencia aplicada a la Atención Primaria. Sobre el papel todo parece muy bonito pero tengo la impresión de que en este caso, como en otros, se quiere hacer de la necesidad virtud o, peor aún, matar dos pájaros de un tiro. La Telemedicina podría ser una herramienta muy útil en determinadas patologías, usuarios o centros, pero aplicada indiscriminadamente -como ocurre por necesidad en esta pandemia- es una desgracia. Una desgracia que lleva al distanciamiento y la deshumanización de los servicios de salud; que lleva a la segregación de amplios sectores de la ciudadanía empezando por los más mayores, siguiendo por las áreas rurales y terminando en las poblaciones obreras de las grandes ciudades. Todo eso sin contar con el nuevo nicho abierto al negocio empresarial (inversiones en informática, formación, ordenadores, mantenimiento.

¿Qué pasará con esa relación ya débil hoy entre el médico y el paciente? Como mencionábamos antes -procesos de este tipo- ya lo hemos vivido en otros sectores como el bancario o el comercio, pero la gran diferencia es que la salud no es una mercancía sino un valor social indispensable. Podemos dejar de operar en un cajero automático cerrado al público pero no podemos consultar con las paredes de un centro de salud. Nos podemos acostumbrar al pago en tarjeta o móvil, pero las personas necesitamos que nos vean, nos tomen el pulso, nos miren a la cara y, por qué no, encontremos algo de comprensión. El ser humano es por definición un ser social que empatiza con sus semajantes y todo intento de enajenar esa relación debe ser rechazado.

Entonces está bien que volvamos a preguntar una y otra vez: ¿Dónde está mi médica de atención primaria?

Jesús Jaén (miembro del MATS)