Diversos estudios científicos encuentran relación entre los episodios de olas de calor y el aumento de desórdenes emocionales

CTXT      Cristina Linares y Julio Díaz 

La crisis climática es el mayor reto global al que se enfrenta la humanidad. Aunque son muchos los aspectos que comprende y los sectores afectados, desde ecológicos a económicos, no menos importante son sus efectos sobre la salud de las personas. En 2015, Chris Dye, director de estrategia en la Organización Mundial de la Salud (OMS) señalaba: “El cambio climático no causa enfermedades, sino que magnifica los efectos de muchas de ellas”.

La OMS calcula que el cambio climático causará unas 250.000 muertes adicionales al año,  a nivel mundial, entre 2030 y 2050, como consecuencia de modificaciones en las características de las enfermedades, muchas de ellas muy sensibles a los cambios de temperatura y pluviosidad. En términos de salud, los efectos del cambio climático se dejan notar en diferentes ámbitos y son conocidos y combatidos, sobre todo, en los países más desarrollados económicamente. Los mayores impactos, sin embargo, los sufren los países más pobres. Entre las amenazas para la salud se encuentran: los efectos de los extremos térmicos (olas de calor y frío) cada vez más intensos y frecuentes en el tiempo; el aumento de enfermedades tropicales transmitidas por vectores (por ejemplo, el paludismo y el dengue), ya que debido al calentamiento global, estos vectores de transmisión han llegado a áreas de alta densidad de población que históricamente han estado libres de ellos; mayor morbi-mortalidad asociada a la mala calidad del aire que se respira, especialmente en zonas urbanas, el incremento de contaminantes químicos se intensifica debido a unas peores condiciones atmosféricas promovidas por situaciones de mayor insolación y estabilidad. Otras grandes causas de sobre-mortalidad atribuibles al cambio climático son la malnutrición y las diarreas, debidas a una mayor frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como huracanes, ciclones, tormentas, inundaciones y sequías, que conducen a  escasez de alimentos, mala calidad del agua, alimentos contaminados y, finalmente, desplazamientos de población, principalmente en las zonas geográficas donde se aúnan todas estos impactos.

En estos momentos uno de los campos con mayor interés científico es el de la influencia de los efectos del cambio climático sobre la salud mental de las poblaciones afectadas, constituyendo una parte importante de la carga de enfermedad asociada a estos. La percepción de un estado de salud mental óptimo debe de entenderse no solo como el padecer o no una enfermedad mental diagnosticada, sino desde un estado óptimo de salud física y emocional. Habría que distinguir dos escalas de incidencia:

La provocada por un mayor número en frecuencia e intensidad de fenómenos meteorológicos extremos como inundaciones, sequías, huracanes, tornados, aumento del nivel del mar, aumento de incendios forestales, etc. Todos estos eventos extremos producen un importante impacto sobre la población: cambios en los usos del suelo, en la productividad agrícola y pesquera, en la disponibilidad y calidad del agua; en el peor de los casos, pérdidas de infraestructuras y hogares; aumento de las desigualdades socioeconómicas y, por tanto, en salud; disminución de la seguridad alimentaria y hambrunas; una situación de mayor pobreza; e incluso, conflictos armados. Estas situaciones generan migraciones masivas de población conocidas con el término de refugiados climáticos. En los seis primeros meses de 2019 estos han ascendido a siete millones de personas, superando a los desplazados por conflictos bélicos.

En esta primera escala de afectación es donde la salud mental juega un importante papel. Más allá del aumento de lesiones y traumatismos generados por los eventos extremos, estas situaciones de estrés muy intenso y ansiedad generan en la población afectada –especialmente, entre los más vulnerables por edad o género– un desencadenante importante de diversas enfermedades mentales en diferentes rangos de gravedad. El seguimiento y la cuantificación de este tipo de riesgo es complicado puesto que hasta ahora no era considerado en toda su magnitud, obviando aspectos tan importantes como, por ejemplo, el abandono de tratamientos médicos ocasionado por estas situaciones puntuales de gravedad. Generar registros fiables monitorizados sobre estas circunstancias es importante para dimensionar el plan de actuación, vigilancia y seguimiento de situaciones de emergencia desde el punto de vista de la salud. Por lo tanto, el cambio climático puede afectar directamente a la salud mental por la exposición a traumas psicológicos y situaciones vitales estresantes, como las vividas en desastres naturales climáticos, cada vez más frecuentes, con lesiones, traumatismos, pérdida de vida de personas, bienes y desplazamientos involuntarios. Afectan a la percepción de salud y a la seguridad de las personas constituyendo por tanto un factor de riesgo para estados de ansiedad, estrés post-traumático, depresión y suicidio.

De entre el resto de los factores de riesgo para la salud mental investigados, la siguiente escala de incidencia sería la afectación de forma indirecta.  Por ejemplo, por el aumento de la contaminación atmosférica o por un acontecimiento que no genere una situación de urgencia como los comentados anteriormente. La evidencia científica se va acumulando en torno a trabajos que encuentran asociaciones robustas entre los episodios de olas de calor y el aumento de desórdenes emocionales y del comportamiento (incremento de la violencia y abuso de sustancias tóxicas: alcohol, medicamentos, drogas), así como un aumento de la tasa de suicidios durante episodios de temperaturas extremas y sequía. Los grupos de población altamente vulnerables serían,  sobre todo, las personas que ya padecen una enfermedad mental, y, especialmente, la población anciana que fisiológicamente ya padece una peor termorregulación y además se encuentra polimedicada en la mayoría de los casos al padecer enfermedades asociadas (diabetes, hipertensión). Condicionantes individuales que, a su vez, se ven agravados por vivir en peores condiciones de habitabilidad y soportar peores situaciones socioeconómicas.

En este punto entra en juego el concepto de pobreza energética (Boardman 1991) y sus implicaciones sobre la salud mental de las personas. La pobreza energética es la incapacidad económica de mantener a una temperatura adecuada la vivienda habitual tanto en verano (refrigerada) como en invierno (calefactada), por lo que las olas de calor y de frío (cada vez más frecuentes e intensas) son el factor precipitante de un empeoramiento o el desencadenante de diversas afecciones mentales (incluyendo el suicidio). En este ámbito son especialmente importantes las diferencias de género. La feminización de la pobreza energética es un tema de investigación reciente, puesto que las mujeres son, en muchos casos, las sustentadoras económicas de los hogares, bien sea por edad (pensionistas) o por ser la única persona con capacidad de contribuir económicamente al hogar.

Otra cuestión es cómo afecta la calidad del aire a la salud mental, especialmente en las ciudades con superaciones constantes de los valores guía de protección a la salud de la OMS. En la última década han aparecido numerosos estudios que relacionan los desórdenes psiquiátricos con la contaminación atmosférica[1]. En general, el mecanismo biológico capaz de relacionar la asociación entre estos factores ambientales  y los suicidios es que el 90% de las personas que se suicidan tiene historias previas de desórdenes psiquiátricos como ansiedad, depresión o trastornos de la personalidad y es conocido que existe una asociación entre los niveles de contaminación atmosférica y el aumento de los ingresos por episodios depresivos y enfermedades neuropsiquiátricas. La contaminación atmosférica afecta al organismo mediante un mecanismo de estrés oxidativo (muchos de los contaminantes contienen sustancias tan tóxicas como metales pesados) y ello conduce a una neuroinflamación. La exposición constante y continuada a altos niveles de contaminación puede ser el estresor neuropsicológico que conduce a un empeoramiento de los síntomas. En un estudio publicado recientemente para la ciudad de Barcelona[2], se relaciona de forma estadísticamente significativa que el aumento de la exposición a largo plazo a la contaminación del aire puede aumentar las probabilidades de depresión y el uso de antidepresivos y benzodiacepinas.

Por último, dentro del concepto de salud global entendida como un estado óptimo tanto físico como mental, se ha acuñado el término solastalgia (Albrecht, 2005) para describir una nueva clase de angustia psíquica y estrés existencial provocada por la presencia de ambientes degradados o deteriorados, particularmente en el entorno más cercano, y agravada por la sensación de incapacidad o impotencia para solucionarlo. La solastalgia conlleva un malestar generalizado, un sentimiento de pérdida y duelo, y provoca problemas de salud más graves como abuso de drogas, dolencias físicas y enfermedades mentales. Este nuevo concepto ayuda a comprender, un impacto poco estudiado hasta ahora de la crisis climática, el psicológico y como  procesos que están sucediendo a nivel mundial plantean nuevos desafíos para el campo de la asistencia sanitaria, los planes de vigilancia y los fenómenos de adaptación al cambio climático.

Cristina Linares y Julio Díaz son miembros del Departamento de Epidemiología y Bioestadística de la Escuela Nacional de Sanidad (ISCIII).