Reflexiones acerca de los nuevos desafíos del sindicalismo

El MATS en la Universidad de Verano de Anticapitalistas

El pasado 24 de agosto se celebró un taller sobre los nuevos retos y desafíos del sindicalismo, al que fuimos invitados junto a los sindicatos ELA-STV y SAT. Transcribimos algunos extractos de lo que fue la intervención de nuestro compañero Jesús Jaén.
1.-Antes de empezar me gustaría hacer una breve presentación de nuestros sindicato, ya que además de ser mucho menos conocido que ELA o SAT, no nos consideramos un modelo “clásico” de organización sindical: nacimos como movimiento sociolaboral y nos tuvimos que constituir -por imperativo legal- en sindicato (si queríamos hacer uso de nuestros derechos legales); sin embargo hemos seguido manteniendo nuestra vocación de movimiento abierto y de base.
El MATS ha bebido básicamente de tres manantiales: la autoorganización (el nacimiento del 15M o la Marea Blanca); el sindicalismo social que, para nosotras y nosotros, se ha concretado en la formación de múltiples plataformas en defensa de una sanidad universal y pública; y que en este año tomó una enorme proyección con la huelga de las mujeres del 8M; y finalmente, el retroceso social y los cambios del modelo productivo.
2.- Además de estas cuestiones, nuestro análisis se basa en una premisa fundamental: el viejo sindicalismo reformista y corporativo está en crisis, y si no lo está aún más, es porque sigue recibiendo millones y millones de euros en subvenciones por parte de papá Estado. La crisis de ese sindicalismo (aunque siga manteniendo miles y miles de afiliadas-os y delegadas-os), tiene –al menos- tres causas principales: la ofensiva neoliberal contra el Estado de bienestar; los profundos cambios estructurales del capitalismo; y, el desbordamiento de los movimientos de base y de autoorganización a esos viejos aparatos sindicales (no me detendré en ejemplos hasta más adelante).
3.- Sin embargo no deberíamos confundir lo que yo llamo “viejo sindicalismo”, con el sindicalismo de clase que siempre ha existido y existirá, derivado de la contradicción estructural que supone una sociedad de clases donde el neoliberalismo no ha hecho otra cosa que profundizar la explotación y la desigualdad social. Ahí están las luchas ejemplares de las compañeras y compañeros de Amazón, Delyberoo, las kellys o las y los teleoperadas-es.
4.- Ese sindicalismo de clase y combativo es absolutamente imprescindible, pero sería mucho más fuerte si –en la era del capitalismo global y financiarizado y con una correlación de fuerzas tan desfavorable- contara con otras alianzas y apoyos, tanto de otros sectores de la clase trabajadora como de la población en general. En los conflictos a los que me he referido, la mayoría, ha sabido combinar la resistencia laboral a la patronal con la extensión a otros sectores de la sociedad, empezando por lo que conocemos como opinión pública. Han sabido conectar con sus compañeras y compañeros de otros países montando una huelga global al capitalismo global.
Hoy en día es muy difícil ganar un conflicto si solo cuentas con tus propias fuerzas. Una estrategia, por ejemplo, basada solamente en una huelga, por muy dura y larga que sea, muchas veces, está abocada al fracaso. No hace falta dar ejemplos. La huelga debe articularse alrededor de la solidaridad de otras trabajadoras y trabajadores, o de otros sectores de la población. Siempre pongo el mismo ejemplo, el de la Marea Blanca en Madrid, su éxito se debió a la capacidad de integrar en un mismo frente a profesionales, usuarias-os, y el 80 o 90 por ciento de la población. Ya sé que no siempre es posible, o que no todos los sectores son la sanidad o la educación. Pero si hacemos como los conductores del metro que convocan huelgas sin buscar la complicidad, ya no de sus compañeras-os de trabajo, sino de las usuarias y usuarios de los servicios públicos, la derrota está garantizada. En mi hospital, intenté convencer a las compañeras de CCOO de la contrata de la limpieza que, para enfrentarse a Florentino Pérez, necesitaban nuestro apoyo y el de los enfermos, pero no hubo caso. La cosa terminó con una reducción de plantilla del 30 por ciento.
5.- En las antípodas del corporativismo laboral se encuentra la experiencia del 8 de marzo de 2018. Pese a todas sus limitaciones, el 8M fue un ejemplo. Se trata de un gran movimiento de mujeres que consiguió arrastrar a la inmensa mayoría de la sociedad convocando a millones de personas y consiguiendo un impacto laboral y mediático digno de mención. El legado de este 8M es profundo: emergió un nuevo sujeto social que incluso desafió la hegemonía de las burocracias sindicales en los centros de trabajo, el viejo sindicalismo en crisis se vio superado por enésima vez, como ya lo fuera por otros grandes movimientos como el 15M, las mareas o ahora los pensionistas. Este nuevo escenario demuestra que el conflicto social no se puede reducir como en la etapa del fordismo; y también que en los últimos cincuenta años emergen nuevos sujetos con un potencial transformador enorme (como es el caso de las mujeres).
6.- En mi opinión entramos aquí en una de las claves de este Taller: cómo hacer frente a ese Leviatán que es el capitalismo global partiendo de una correlación de fuerzas completamente desfavorable. Las respuestas no son sencillas y no se deben reducir solamente a la práctica cotidiana; creo que necesitamos también una elaboración más teórica.
Creo que una de las personas que mejor ha entendido esos cambios estructurales del capitalismo y de la lucha de clases (yo emplearía un concepto más amplio como “luchas sociales”); ha sido el geógrafo y economista marxista David Harvey. Sus múltiples trabajos sobre el capital y capitalismo; la ciudad, el espacio y el tiempo del capital, la acumulación por desposesión, los movimientos sociales, etcétera; son un clarísimo ejemplo de puesta al día de la teoría marxista sobre la ley del valor o la emancipación del trabajo. Una de sus ideas centrales consiste en plantear que la vieja izquierda y el sindicalismo han reducido su campo de acción a la “producción” (el centro de trabajo); dejando de lado o en un segundo plano la acción sobre el resto del ciclo de realización del capital (circulación, distribución, valorización y, sobre todo, el consumo).
Hoy en día esa crítica es necesaria y de ahí se debe trabajar por un nuevo sindicalismo que no sea exclusivamente laboral y corporativo; sino social y político donde se involucre a otros sectores de la población y laborales. Esto, en el caso de los servicios públicos es evidente, pero en la mayoría de las empresas privadas también lo es; solamente hace falta ver el peso que tiene el consumo en el PIB de los principales países capitalistas (creo que ronda entre el 20 y 30 por ciento). Además, hoy en día y mucho más que hace cien o doscientos años, el trabajador-a ya no es solo un productor de mercancías, valor y servicios (reducido a su propia reproducción elemental y la de su familia), sino un consumidor-a nato; cuyo peso en la economía ha ido adquiriendo más y más relevancia, a medida que se convertía también en comprador-a de vivienda, autos, la industria del ocio, o solicita créditos a los bancos (incluso hasta hipotecarse para el resto de sus vidas).
7.- Una de las hipótesis de trabajo, de cara a construir un nuevo sindicalismo, sería adoptar el concepto de Comunidad como la articulación de alianzas sociales o políticas. A mí personalmente el concepto de “Comunidad Educativa” que se emplea para definir una unión de intereses entre trabajadoras y trabajadores del sector, alumnas-os y madres o padres, me parece perfecto; lo que no quita que dentro de esa Comunidad existan intereses particulares de cada uno de ellos (que tienen que defender) y a veces –incluso- contradictorios entre sí. Otro tanto lo podríamos aplicar a la salud, los servicios sociales, el transporte y un largo etcétera.
Además, no estamos reinventando algo tan novedoso. Basta que recordemos la experiencia de los primeros movimientos obreros y sindicales en este país. En los “Orígenes sociales del anarquismo andaluz” (Temma Kaplan) se cuentan infinidad de ejemplos de cómo en la zona occidental de Andalucía (Cádiz, Huelva y Sevilla), se fueron creando estructuras de lucha y colaboración permanentes entre los jornaleros, los pequeños agricultores, los trabajadores de oficios de las ciudades, los desempleados y, en particular, las mujeres.. Estas comunas libertarias fueron la base sobre las que se cimentaron las insurrecciones y levantamientos sociales a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En la misma línea, pero un poco posterior, es la experiencia que narra Chris Ealhman en la ciudad de Barcelona, donde el viejo anarquismo además de luchar contra la explotación laboral, peleaba por una vivienda digna, escuelas, etcéteta; incluso la creación de una cultura alternativa a través de ateneos que impartían los maestros anarquistas. Terminaré con un párrafo del libro de Kaplan sobre el anarquismo andaluz del siglo XIX que refleja muy bien la idea que he querido aquí transmitir:
“El anarquismo echó sólidas raíces en parte porque fue capaz de asimilar y transformar la cultura obrera y pequeño burguesa tradicional. Las ramas culturales del anarquismo andaluz, sus secciones de mujeres, sus escuelas laicas, sus bibliotecas y sus cafés estaban coordinadas por los consejos anarquistas locales, a menudo compuestos por todos los que se consideraban a sí mismos anarquistas. Ellos determinaban las actividades sociales, fundaban cooperativas, recaudaban dinero para ayudar a los huelguistas, y creaban un sentido colectivo de identidad”.
(“Los orígenes sociales del anarquismo andaluz”. Capitalismo agrario y lucha de clases en la provincia de Cádiz 1868-1903) Temma Kaplan. Editorial Crítica.

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