Ha sido tradicional el especial trato que la industria farmacéutica ha brindado a la profesión médica. Todos hemos conocido como, por ejemplo, la inscripción a un congreso, viaje y estancia del médico y su acompañante, comidas extraoficiales y copas nocturnas corrían a cargo de este u otro laboratorio.

El objetivo: publicitar sus productos a miles de personas en pocos días. A esas personas había que invitarlas bajo la excusa de la información científica o la simple ayuda económica. Vamos, una acción de mecenazgo con el fondo de un evidente interés económico: No se olvide usted de recetar esta pastilla o este jarabe. ¿Los médicos?: No comment.

Así ha sido siempre durante muchos años, sobre todo en congresos multitudinarios donde se congregaban cientos de profesionales con sus acompañantes. Un presupuesto increíble que demostraba la opulencia en la que se desenvolvía la industria farmacéutica.

Este es el momento histórico que desencadena el tema del escándalo de los despidos en Pfizer. Pero sin duda que podría o puede hablarse de igual modo por iguales prácticas corruptas practicadas en su momento por otros muchos laboratorios farmacéuticos.

¿Ha cambiado algo en los últimos años?. Sin duda, pero no tanto como se podría pensar. Afortunadamente, la industria farmacéutica debe rendir cuentas de forma más transparente. Todo parece más austero y controlado, y a esto también se ha acomodado el médico.

Pero no hay que engañarse. Una vez que los grandes eventos se han socializado de alguna manera, y los productos a promocionar se difuminan con los de las diferentes empresas, éstas han diseñado una nueva forma de convencer a los profesionales: los congresos monográficos que dedican su esfuerzo sobre todo a los enfermos crónicos. La estrategia es clara: medicamentos de nuevo cuño para toda la vida. Es mejor, y al final más rentable invitar a los médicos a discutir en exclusiva sobre los medicamentos que bajan el colesterol que sobre la cardiología en general.  Son menos personas y se les puede “atender” mejor.

En resumen, los profesionales siguen aceptando la misma trampa pero de forma más individual. Pero, ¿tienen alternativa? ¿Tienen los poderes públicos la capacidad para organizar y financiar estos eventos? Desde luego que su diseño y desarrollo serían distintos, pero su objetivo último se podría mantener sin problemas: comunicar e informar de los avances científicos.

Y por otra parte, la supuesta colaboración de las entidades públicas y la misma organización de las empresas privadas ¿tienen algún tipo de control por parte de las autoridades fiscales y de la ciudadanía? Todo hace pensar que no.

Falta mucho por hacer para acabar de una vez con estas prácticas corruptas: un mayor control por parte de la Hacienda Pública, la creación de un laboratorio central público, una apuesta decida por los medicamentos genéricos, la participación ciudadana en los organismos de control de gasto, etc.

Asuntos como el que se ha destapado en Pfizer pueden aparecer en otras empresas, la mayoría de ellas multinacionales del medicamento, favorecidas por exenciones tributarias, sin control público suficiente, y ahora protegidas por acuerdos internacionales de comercio que sólo miran su beneficio y no el de todos.

Movimiento Asambleario de Trabajadores-as de Sanidad

Las maniobras de la industria farmacéutica:  Sanidad, la Comunidad de Madrid y Farmaindustria rehúsan investigar los pagos irregulares de Pfizer a médicos