-«Así no se puede trabajar, tengo el uniforme lleno de polvo, ésto es acojonante macho. »

Comentaba un compañero a otro mientras se cambiaba en los vestuarios M1 del Hospital Ramón y Cajal, unos vestuarios en obras desde hace un par de semanas donde se cambian a diario una media de 60 trabajadores, unos trabajadores que han de respirar polvo y dejar su ropa limpia en una taquilla que te la devolverá sucia, esto es debido a la falta de previsión o de interés por el bienestar de los trabajadores al no darles otro lugar dónde cambiarse.

-«Al menos ya no hay cucarachas», le respondía otro… (De momento nos queda el humor)

Es muy llamativo cómo se va perdiendo humanidad en la sociedad con la ola reaccionaria que asola nuestro planeta y se ve reflejado a pequeña escala en las empresas o en éste caso en el Hospital, el interés por la felicidad de sus trabajadores es inexistente, éstos (como los del resto de Hospitales de la Comunidad de Madrid) sufrieron un aumento de la jornada  a 37,5 horas y media que se aplicó en 2011 (que sustituyó a la anterior de 35 horas), como parte de la solución a la crisis económica que transformaría España y el resto del mundo, otra de ésas crisis cíclicas del sistema . Este aumento de horas supuso librar un día menos entre semana, es decir que ahora se pasaba a librar 3 días cada 2 semanas, un día menos cada catorce para poder disfrutar de tu familia, amigos, o de hacer lo que uno desee, lo que viene a ser un día menos para disfrutar la vida que uno merece. A esto debemos sumar una reducción del número de plantilla, una plantilla que ha de trabajar con maquinaria en ocasiones obsoleta que ha provocado más de un accidente laboral en el cual se le ha dado más importancia al estado de la máquina que al del propio trabajador, una plantilla que se reduce con bajas laborales de distinta índole que no se llegan a cubrir hasta casi un mes después lo que provoca una sobrecarga aún mayor sobre los hombros de nuestros compañeros. Mención especial merece también el problema con la lencería, con uniformes (o falta de ellos) con restos de suciedad, una constante desde que el servicio fue privatizado y se encuentra en manos de la ineficiente empresa «Ilunion» y escribo ineficiente pues lo es para nosotros los trabajadores pero estoy seguro que esta bajada de calidad en el servicio les supone un ahorro y pingües beneficios a la empresa, como a todas las empresas que se han ido haciendo cargo de los servicios privatizados por la Comunidad de Madrid.

La sensación que a uno le queda es que mientras el sistema siga funcionando gracias a la encomiable labor de sus trabajadores y a pesar de las constantes trabas (consciente o inconscientemente, la sombra de la privatización siempre acecha..) dará igual como se haya llegado a la meta mientras se cruce la línea de la productividad. Da la sensación de que somos apéndices de máquinas y nuestro estado físico o mental importa tanto como el de las cucarachas que han huido del vestuario M1. Por éso aunque nos puedan parecer nimiedades, son pequeñas circunstancias que afectan nuestra labor diaria y finalmente a nuestras vidas ya que éstas dependen del sueldo a fin de mes, por ello es necesario pasar de la inacción pues cada vez son más los factores que castigan nuestra estancia en el trabajo. Es necesaria la movilización, gracias a ella se han conseguido grandes victorias, si en 1919 con la huelga de «La Canadiense» se consiguieron mejoras salariales y reducción de jornada a 8 horas, es momento de que sigamos el ejemplo y luchemos por pequeñas victorias que no siempre va a ser agachar la cabeza viendo cómo destrozan nuestras vidas.

Habrá ahora muchas luces de Navidad en Madrid  (El Ayuntamiento de Madrid gastó este año más de tres millones de euros en el alumbrado, un 27,7% más que el año anterior) pero las luces de los trabajadores madrileños empiezan a quemarse.

 
Joe Smith.