La huelga feminista del 8M de 2018 marcó un antes y un después. Como reacción, comenzaron los ataques frontales por parte de la derecha y la ultraderecha al movimiento feminista y así se han estado sucediendo continuamente durante todo este año.
Se produce también un intento, por parte del partido socialista, de apropiarse del movimiento para romper su lucha, pretendiendo cambiar los principios básicos del MF. Pero si algo bien sabemos las mujeres es resistir y tenemos claro que se acabaron los sometimientos: ni al marido, ni al padre, ni al cura, ni al partido…  Todo esto no ha supuesto un descenso de la movilización, sino que la ha reforzado y en 2019 hemos vuelto a superar todas las previsiones de un movimiento basado en la autoorganización y la iniciativa de las mujeres.
El seguimiento de la huelga laboral, según las organizaciones convocantes, ha llegado al 70% en general;  no así en sanidad, donde la administración gobernada por el partido popular no solo no ha facilitado aún los datos sino que desde la imposición de los mínimos de manera  unilateral hasta la manera de adjudicar los mismos por parte de las gerencias de los centros, de por sí abusivos, ha sido una auténtica carrera de obstáculos,  entorpeciendo hasta el extremo el buen desarrollo de la huelga y, por tanto, dificultando  el ejercicio de este derecho fundamental a las trabajadoras. Todo ello en unidad con las empresas que se están lucrando con la privatización de la sanidad, como ha sucedido con Sacyr que, en el Hospital de Henares, intentó poner servicios mínimos al Comité de Huelga.
En Madrid Salud, el seguimiento fue bajo, aunque más significativo que en cualquier otra huelga general.
Las reivindicaciones feministas coinciden de pleno con las desigualdades de género, que son parte de la base estratégica de la salud,  el trabajo que realizamos día a día. Lamentablemente el seguimiento en sanidad debería haber sido mucho mayor de lo que ha sido.
Pero nada es casual. La sanidad madrileña ha sido el buque insignia de la privatización, un laboratorio de pruebas, donde la feminización de la plantilla (el 80% son mujeres) ha ido de la mano de la precarización.
Nos queda un largo camino y muchas cosas por hacer. Desde el Mats seguiremos poniendo nuestras fuerzas al servicio de la lucha feminista. Y, de forma concreta, seguiremos luchando por una sanidad universal, 100% pública y sin precariedad laboral, pues es esencial que los cuidados de la salud sean responsabilidad de la sociedad y no de las mujeres y de las familias.
JUNTAS Y FUERTES